sábado, 22 de julio de 2023

"EL RASTRO DE TU SANGRE EN LA NIEVE". Un cuento de Gabriel García Márquez

Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras.

Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella y casi tan bello y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 7 de julio de 2023

"NARRACIÓN DE LA ISLA". Un cuento de Giovanni Papini

El sábado por la tarde vi aparecer de pronto un hombre al cual no había visto desde hacía más de veinte años. Con Pat Cairness conocí el hambre y el espanto en Frisco, en los primeros tiempos de mi llegada. Pat, un irlandés lleno de espíritu y de recursos, me salvó más de una vez de la desesperación. Desde que llegué a esta ciudad del Este no había sabido nada más de él.

Cuando se presentó, sin decir su nombre, no le reconocía. Ha cambiado de color y me parece que hasta de corpulencia. Era un junco de piel blanca y se me ha convertido en una encina de color moreno. Ha hecho, según dice, de viajero; en los primeros años por necesidad y luego por curiosidad. No hay país que no haya visto, mar que no haya surcado, carretera que no haya recorrido. Habla ocho lenguas y unos veinte dialectos; ha sido reclutador de coolies, socio de piratas, negociante de serpientes, jefe hechicero, falso monje budista, guía de los desiertos, todos los oficios, en suma, de la gente que no tiene más vocación que la de cambiar de lugar. Si escribiese sus recuerdos haría un libro mucho más rico que los de Melville y de Jack London.

Me dijo, sin embargo, que el tiempo de las aventuras ya ha pasado, que no hay ningún lugar de la tierra donde no se encuentren huellas de viajeros y de civilización, que es casi imposible encontrar un pedazo de selva o de estepa donde no haya penetrado un blanco. En todos sus viajes no pudo descubrir más que una isla desconocida hasta entonces por los marineros y los geógrafos. Una isla del Pacífico, un poco más grande que una de las islas Sandwich, al sur de Nueva Zelanda. Se halla habitada por unos cuantos centenares de melanesios papúes, que arribaron allí con sus barcas hace muchos siglos.

-La singularidad de esta isla -me contaba Pat Cairness- no se halla en su aspecto, que es muy parecido al de las demás islas del Pacífico, ni en sus habitantes, que han conservado las costumbres y tradiciones de su raza. Está en esto: los jefes han reconocido hace mucho tiempo que la isla no puede alimentar más que a un número fijo de habitantes. Este número es precisamente de setecientos setenta. Gran parte del suelo, montuoso, es estéril, y en el mar no hay mucha pesca. De fuera no puede llegar nada porque nadie, después de ellos, ha desembarcado en la isla, y los sucesores de los primeros inmigrantes han olvidado el arte de construir grandes embarcaciones. Por esta razón la asamblea de jefes promulgó en tiempo inmemorial una extrañísima ley: la de que a cada nuevo nacimiento debe seguir una muerte, de manera que el número de los habitantes no rebase nunca el de setecientos setenta. Es una ley, según creo, única en el mundo y que hace observar con toda severidad el Consejo de los ancianos, compuesto de brujos y guerreros. Como en todos los países del mundo, los nacimientos superan a las muertes naturales, por lo que todos los años diez o veinte de esos infelices segregados del mundo deben ser muertos en la tribu. El espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema estadístico muy burdo, pero preciso. Una vez al año, en primavera, se reúne la asamblea y se lee la lista de los nacidos y de los muertos. Si son, por ejemplo, veinte los nacidos y ocho los muertos, es necesario que doce vivientes sean sacrificados para la salvación de la comunidad. Durante un cierto tiempo, según me dijeron, tocaba a los ancianos el morir; pero como el Consejo de los Jefes está formado en su mayoría de ancianos, éstos se las arreglaron de manera, recurriendo a no sé qué astucias, que se confiase a la suerte la cuestión de diezmar la tribu. Cada habitante posee una tablilla donde se halla inscrito, por medio de un dibujo o de un jeroglífico, su nombre. Llegado el día terrible, esas tarjetas de los vivos son reunidas en el casco de una barca enterrada ante la tienda del Consejo y revueltas cuidadosamente con un remo por el hechicero más viejo. Luego se suelta un perro, adiestrado para este fin, el cual se mete en la barca, agarra con los dientes una de las tablillas, la entrega al brujo y repite la operación todas las veces que sea necesario. A los designados se les conceden tres días para despedirse de la familia y para suprimirse de la manera que les sea más agradable. Si después de tres días hay alguno que no ha tenido valor para suicidarse, es capturado por cuatro hombres elegidos entre los más robustos, encerrado en un saco de piel junto con algunas piedras, y arrojado al mar. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 2 de julio de 2023

"LA CONDENADA". Un cuento de Vicente Blasco Ibáñez

Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda. Tenía por mundo aquellas cuatro paredes de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo, cruzado por hierros; y del suelo de ocho pasos, apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándose en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose como animado cadáver en aquel ataúd de argamasa, deseando como un mal momentáneo, que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo, barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba parar ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarles como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.

No querían en aquella sepultura otra vida que la suya. Un día, ¡cómo lo recordaba Rafael!, un gorrión asomó a la reja cual chiquillo travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la extrañeza que le producía ver allá abajo aquel pobre ser amarillento y flaco, estremeciéndose de frío en pleno verano, con unos cuantos pañuelos anudados a las sienes y un harapo de manta ceñido a los riñones. Debió de asustarle aquella cara angustiosa y pálida, con una blancura de papel mascado; le causó miedo la extraña vestidura de piel roja, y huyó, sacudiendo sus plumas como para librarse del vaho de sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.

El único rumor de la vida era el de los compañeros de cárcel que paseaban por el patio. Aquellos, al menos, veían cielo libre sobre sus cabezas, no tragaban el aire a través de una aspillera; tenían las piernas libres y no les faltaba con quien hablar. Hasta allí dentro tenía la desgracia sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael. Envidiaba él a los del patio, considerando su situación como una de las más apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban libertad; y los que a aquellas horas transitaban por las calles, tal vez no se considerasen contentos con su suerte, ambicionando ¡quién sabe cuántas cosas!... ¡Tan buena que es la libertad!... Merecían estar presos. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 24 de junio de 2023

"DULZURA". Un cuento de Toni Morrison, la primera afroamericana Premio Nóbel de Literatura (1993)

No es mi culpa, así que no pueden culparme. Yo no hice nada y no tengo idea de cómo pasó. Me tomó menos de una hora darme cuenta de que algo andaba mal. Muy mal. Era tan negra que me dio miedo. Negro medianoche, negro sudanés. Mi piel es clara, tengo buen pelo, soy lo que llaman “cobriza”, lo mismo que el padre de Lula Ann. No hay nadie en mi familia que se acerque a ese color. La brea es lo más parecido que se me ocurre. Pero su pelo no va con la piel. Es diferente –liso, pero con rizos, como el de esas tribus desnudas de Australia–. Podrían pensar que es cuestión de herencia, ¿pero herencia de quién? Deberían haber visto a mi abuela: pasaba por blanca. Se casó con un blanco y no le volvió a dirigir la palabra a ninguna de sus hijas. Todas las cartas que recibía de mi madre o mis tías las devolvía enseguida, sin abrir. Finalmente, entendieron el mensaje de “no más mensajes”, y la dejaron tranquila. Casi cualquier mulato o cuarterón hacía eso en aquella época (si tenía el pelo adecuado). ¿Se imaginan cuántos blancos andan por ahí con sangre de negro escondida en sus venas? Adivinen. Escuché que un veinte por ciento. Mi propia madre, Lula Mae, podría haber pasado por una fácilmente, pero decidió no hacerlo. Me contaba el precio que pagó por esa decisión. Cuando fue con mi padre al juzgado para casarse había dos Biblias, y ellos tuvieron que poner la mano en la que estaba reservada para los negros. La otra era para manos blancas. ¡La Biblia! ¿Pueden creerlo? Mi madre era empleada en la casa de una pareja rica de blancos. Se comían todo lo que les preparaba, insistían en que les restregara la espalda cuando se metían a la bañera, y solo Dios sabe qué otras cosas íntimas la ponían a hacer, pero no podían tocar la misma Biblia.

Puede que alguno de ustedes piense que está mal separarnos por tonos de piel (entre más claro mejor) en clubes sociales, barrios, iglesias, hermandades, incluso escuelas segregadas. ¿Pero de qué otra forma podríamos aferrarnos a un poco de dignidad? ¿De qué otra forma podríamos evitar que nos escupan en una farmacia, recibir un codazo en la parada del bus, tener que caminar por la zanja para dejar a los blancos todo el andén, que en la tienda nos cobren un centavo por una bolsa de papel que es gratis para los clientes blancos? Sin mencionar los insultos. Yo supe de todo aquello y mucho, mucho más. Pero, gracias al tono de su piel, a mi madre no le impedían probarse un sombrero o usar el baño de damas en un almacén. Y mi padre podía probarse unos zapatos en la parte delantera de la zapatería en vez de la trastienda. Aun muriéndose de sed, ninguno de los dos se hubiera permitido tomar agua de una fuente “solo para gente de color”.

Odio decirlo, pero sentí vergüenza de Lula Ann desde el comienzo, en la sala de maternidad. Su piel era pálida, como la de todos los bebés al nacer (incluso los africanos), pero cambió rápidamente. Pensé que me estaba volviendo loca cuando se puso azul oscura frente a mis ojos. Sé que enloquecí por un momento porque, solo por unos segundos, puse una manta sobre su cabeza y presioné. Pero no pude hacerlo, no importa cuánto hubiera querido que ella no naciera con ese terrible color. Incluso se me ocurrió dejarla en algún orfanato. Pero temí ser uno de esos monstruos que dejan a sus bebés en las escaleras de una iglesia. Hace poco escuché de una pareja en Alemania (ambos blancos como la nieve) que tuvo un hijo de piel oscura que nadie pudo explicar. Gemelos, creo, uno blanco y uno negro. Pero no sé si es cierto. Lo que sé es que para mí amamantarla era como tener un pigmeo succionando mi pezón. Pasé a darle tetero apenas volví a la casa. CONTINUAR LEYENDO






viernes, 16 de junio de 2023

"SI YO TE OLVIDARA". Un cuento de Truman Capote

Grace llevaba esperándolo de pie en el porche casi una hora. Cuando lo había visto en el pueblo, aquella tarde, él le había dicho que estaría allí a las ocho. Y eran casi las ocho y diez. Se sentó en la mecedora. Trató de no pensar que iba a venir, o incluso de no mirar el camino que conducía a su casa. Sabía que si pensaba en ello, nunca ocurriría. Nunca vendría.

—Grace, ¿sigues ahí fuera? ¿No ha llegado aún?

—No, madre.

—Bueno, no puedes quedarte ahí fuera toda la noche. Entra ahora mismo en casa.

Ella no quería entrar; no quería tener que sentarse en aquella vieja sala de estar cargada y ver cómo su padre leía el periódico y su madre hacía crucigramas. Quería quedarse allí fuera, respirando y oliendo y tocando la noche, que le parecía tan palpable que podía sentir su textura de fino satén azul.

—Ahí viene, madre —mintió—. Está viniendo por el camino; voy corriendo a recibirle.

—No vas a hacer nada de eso, Grace Lee —dijo su madre con voz sonora.

—¡Sí, madre, sí! Y vuelvo en cuanto le diga adiós.

Bajó con paso liviano los escalones del porche y se apresuró hacia el camino antes de que su madre pudiera añadir nada. Estaba decidida a ir a su encuentro, tuviera lo que tuviera que caminar, aunque tuviera que llegar hasta su misma casa. Era una gran noche para ella; no exactamente una noche feliz, pero sí una noche hermosa, de todas formas.

Él se iba del pueblo, después de tantos años. Todo sería tan extraño después de su partida… Sabía que nada volvería a ser lo mismo. Una vez, en el colegio, la señorita Saaron había mandado escribir un poema a sus alumnos, y ella le había escrito uno a él.

Era tan bueno que lo habían publicado en el periódico local. Lo había titulado «En el alma de la noche». Y ahora recitaba los dos primeros versos mientras avanzaba por el camino bañado de luz de luna.

Mi amor es una Luz Brillante y

Fuerte que anula la negrura de la Noche.

Una vez él le había preguntado si realmente lo amaba. Y ella había dicho:

—Te amo ahora, pero no somos más que unos chiquillos, y no es más que el primer amor.

Pero ella sabía que había mentido, al menos a sí misma, porque ahora, en aquel breve instante, sabía que lo amaba, por mucho que apenas hacía un mes hubiera estado completamente segura de que todo era tonto y pueril. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 10 de junio de 2023

"PAN". Un cuento de Margaret Atwood

Imagina un pedazo de pan. No hace falta imaginarlo, está aquí en la cocina, sobre la tabla del pan, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. Ese cuchillo es uno muy viejo que conseguiste en una subasta, la palabra PAN está tallada en el mango de madera. Abres la bolsa, pliegas el envoltorio hacia atrás, cortas una rebanada. La untas con mantequilla, con mantequilla de cacahuete, después miel, y lo doblas hacia adentro. Un poco de miel se te escurre entre los dedos y la lames con la lengua. Te lleva cerca de un minuto comer el pan. Este pan es negro, pero también hay pan blanco, en el frigorífico, y un poco de pan de centeno de la semana pasada, antes redondo como un estómago lleno, ahora a punto de echarse a perder. De vez en cuando haces pan. Lo ves como algo relajante que puedes elaborar con las manos.

Imagina una hambruna. Ahora imagina un pedazo de pan. Ambas cosas son reales pero tú estás en el mismo cuarto con sólo una de ellas. Ponte en otro cuarto, para eso sirve la mente. Ahora te encuentras sobre un colchón delgado en un cuarto caluroso. Las paredes están hechas de tierra seca, y tu hermana, más joven que tú, está contigo en el cuarto. Tiene mucha hambre, su vientre está hinchado, las moscas se le posan en los ojos, tú las espantas con las manos. Tienes un trapo, sucio pero húmedo, y se lo pones en los labios y en la frente. El pedazo de pan es el mismo pan que has estado guardando desde hace días. Sientes la misma hambre que ella, pero todavía no te sientes tan débil. ¿Cuánto va durar esto? ¿Cuándo vendrá alguien con más pan? Piensas en salir a ver si encuentras algo para comer, pero afuera las calles están infestadas de carroñeros y el hedor de los cuerpos lo llena todo. ¿Deberías compartir el pan o dárselo todo a tu hermana? ¿Deberías comer tú el pedazo de pan? Después de todo, tú tienes una mejor oportunidad de sobrevivir, eres más fuerte. ¿Cuánto tiempo tardarás en decidirlo?

Imagina una prisión. Hay algo que tú conoces, pero que todavía no se lo has contado a nadie. Los controladores de la prisión saben que tú lo sabes y todos los demás también lo saben. Si hablas, treinta o cuarenta o cien de tus amigos, tus compañeros, serán detenidos y morirán. Si te niegas a hablar, esta noche sucederá lo mismo que la noche anterior. Siempre eligen la noche. Sin embargo, no piensas en la noche, sino en el pedazo de pan que te ofrecieron. ¿Cuánto tiempo tardarás en decidirte? El pedazo de pan era negro y fresco y te recordó un rayo de sol que cae sobre un pedazo de madera. Te recordó un bol, un bol amarillo que había en tu casa. Contenía manzanas y peras, y estaba sobre una mesa de madera que también recuerdas. No es el hambre o el dolor lo que te está matando sino la ausencia de aquel bol amarillo. Si tan solo pudieras sostener el bol en tus manos, aquí mismo, podrías aguantar lo que sea, te dices a ti mismo. El pan que te ofrecieron es peligroso y traicionero, significa la muerte.

Hubo una vez dos hermanas. Una era rica y no tenía hijos, la otra tenía cinco hijos y era viuda, tan pobre que ya no le quedaba nada de comer. Fue a ver a su hermana y le pidió un pedazo de pan. ‘Mis hijos se están muriendo’, dijo. La hermana rica respondió, ‘No tengo suficiente para mí’, y la echó de su casa. Luego el marido de la hermana rica llegó a su casa y quiso cortar un trozo de pan, pero al hacer el primer corte, brotó sangre roja. Todos sabían lo que eso significaba. Es un cuento maravilloso, un cuento tradicional alemán.

La hogaza de pan que he creado para ti flota unos centímetros por encima de la mesa de la cocina. La mesa es normal, no tiene ninguna trampa. Un paño azul de cocina flota bajo el pan y no hay hilos que sujeten al techo el paño o el pan ni la mesa al paño; ya lo has comprobado al pasar la mano por debajo y por arriba, y no has tocado el pan. ¿Qué te detuvo? No quieres saber si el pan es real o si es sólo una alucinación que te hice ver. No existen dudas de que puedes ver el pan, hasta puedes olerlo, huele a levadura, y parece lo bastante sólido, tan sólido como tu propio brazo. ¿Pero puedes confiar en él? ¿Puedes comerlo? No quieres saberlo, imagínalo.

FIN

viernes, 2 de junio de 2023

"CUERVOS SOBRE UNA CHIVA". Un cuento de María Teresa Andruetto

Cuando abrió los ojos, sin comprender todavía dónde estaba, creyó verse otra vez en aquella casa, tirada en el suelo con aquel peso encima y las rosas tan cerca de la nariz; pero estaba ahí, acostada en la cama, como está desde hace días. El hombre del sueño, como el verdadero, era viejo y gordo, y llevaba un reloj de cadena. La tarde en que lo vio por primera vez, aquel verano, tenía puesto un traje oscuro con chaleco. Ella lo ha seguido mirando como si un foco de luz, un círculo, lo hubiera acorralado hasta la muerte. Junto a la cama hay un velador, una lamparita con una pantalla de tela floreada que Ivonne le trajo ayer, para que lea fotonovelas por las noches, cuando el sueño se va sin que ella sepa adónde; pero ella no puede leer porque le da la fiebre.

Se acostó con el viejo muchos años, ya no recuerda cuántos, hasta que él no pudo más que tocarla; y si se quedó a su lado fue por no darle a su madre un disgusto. En ese tiempo, olía su perfume dulzón sobre la piel floja del cuello y sentía el peso de su vientre encima de ella, y miraba, como ahora mira, el techo, pero con él encima; y no estaban las manchas en la pared, sino una araña de caireles que sonaban con la brisa. Los hombres que vinieron después también la habían montado torpemente, pero a ella nunca le dieron asco. Eran hombres que eructaban cebolla, ajo, las comidas que cocinaba Eudora, y sin embargo a ella nunca le dieron asco. Algunos tenían unos espolones como de gallos bajo los dedos de las manos, de tanto tirar las sogas, de amarrar las barcas, y a ella le gustaba dejarse restregar los pezones con esas manos y le venía, por las mañanas, cuando lo recordaba, como una cosquilla allá abajo y la certeza de que se estaba mojando. Tal vez no le dieran asco porque eran jóvenes, hombres que tiran los tientos y se queman al sol y que luego en la noche necesitan, después de comer en lo de Eudora, una mujer para echarle todo, la bronca y todo también adentro. Le parece que aun a los que se le subieron nomás una vez, los ha querido un poco: hombres que trabajan toda la semana en los barcos trayendo la pesca y la única alegría que tienen es tomarse unas cervezas y pagarle a una mujer. Sabe que alguno le ha pegado la peste, la ha dejado podrida, sin poder trabajar, pero no lo culpa; no sabe quién es y si lo supiera no lo culparía. Ha disfrutado a su manera con esa vida que le tocó, ha tratado de sacarle el gusto. CONTINUAR LEYENDO

"EL RASTRO DE TU SANGRE EN LA NIEVE". Un cuento de Gabriel García Márquez

Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guard...